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Información y Opinión para la Era Ambiental

miércoles, diciembre 08, 2004

Las tribulaciones de un naturalista de agua dulce en alta mar IX

Día 9: Y llegamos al final (1-XII-2004)

El nuevo día nos sorprendió otra vez gris y desagradable, y en la sede que ANSE tiene en Cartagena, pues la noche anterior, ante la lluvia que caía tuvimos que abandonar nuestro camarote en el barco, ya que las reparaciones todavía no han llegado a impermeabilizar la cubierta, y corríamos serio riesgo de acabar con todas nuestras pertenencias pasadas por agua. Y aunque el aspecto del día ya nos presagiaba lo peor, los partes meteorológicos nos confirmaban poco más tarde que el mar no estaría en condiciones para realizar avistamientos, así que nos dispusimos a pasar el último día de la campaña varados en tierra. La verdad es que tanto el tiempo, como el hecho de ser el último día y no poder salir al mar una vez más invitaban un tanto a la tristeza.
Aún así, no tuvimos que permanecer inactivos, ya que pudimos colaborar en complicada tarea de ponerle el radiotransmisor a la Tortuga boba que capturamos frente a Águilas dos días atrás y que por culpa del tiempo todavía no habíamos podido liberar. Pedro nos llamó y nos dijo que aunque las condiciones para ver cetáceos no fueran las idóneas, el tiempo no era tan malo como para poder alejarnos de la costa lo suficiente como para liberar a la tortuga. Por lo tanto, tras desayunar tranquilamente, nos dirigimos al vivero, instalaciones en las afueras de Cartagena en las que ANSE cultiva plantas autóctonas de diversas especies para su posterior uso en repoblaciones. El vivero también tiene otros usos, como es el de cuidado y cría de ejemplares de Tortuga mora (Testudo graeca), pariente terrestre y más pequeño de aquel que pretendíamos liberar ese día, para su reintroducción controlada y posterior seguimiento también con radioemisores. Casi se diría que el vivero parece un reducto de algo más salvaje en un entorno que se urbaniza rápidamente, poseyendo especial encanto los grandes ejemplares de Sabina de Cartagena (Tetraclinis articulata), iberoafricanismo endémico de las sierras litorales de la comarca de Cartagena, que hay plantados dentro del recinto.
Una vez allí, nos encontramos con que Pedro y Juanfran, otro miembro de ANSE, ya se habían puesto manos a la obra y habían sacado a la tortuga del embalse en el que había estado alojada el día anterior. Así, con “Churri”, nombre puesto al pobre quelonio por mis compañeras, encima de una mesa y relativamente tranquila, procedimos a seguir las instrucciones de los protocolos científicos redactados para estos casos. Primeramente se procedió a lijar suavemente la zona del caparazón donde iría adherido el radioemisor, para eliminar impurezas tales como algas y algún parásito que impidiera la correcta fijación del mecanismo. Seguidamente se procedió a aplicar el pegamento especial al caparazón de “Churri” y a la fijación del aparato, para dar después una capa de fibra de vidrio como la que se utiliza en la construcción de barcos, para terminar dando una mano de pintura a todo el conjunto, no a toda la tortuga ojo, para evitar que se pudieran adherir diversos parásitos. El procedimiento, incluido el secado tanto del pegamento como de la pintura, nos llevó varias horas, durante las cuales la tortuga permaneció impasible y estoica ante nuestros trajines. Y aunque el conjunto de la operación pueda resultar aparatoso, dentro de unos dos años, no quedaría ni rastro de todo nuestro trabajo, pues el mismo crecimiento y renovación de las placas del caparazón haría que todo el tinglado acabara por desprenderse. Durante todas esas horas, colaboramos sujetando bien al animal, no fuera a ser que se le calentara la sangre de repente y quisiera escaparse, o curándole unas pequeñas rozaduras que se había hecho en las patas con gasa y Betadine, o simplemente aplicándole calor con un secador para el pelo en las zonas donde se había aplicado pegamento o pintura para que se secaran más rápidamente ante las condiciones de humedad reinante.
Una vez terminado todo ese follón nos vimos desilusionados ante la imposibilidad de poder devolver a “Churri” al mar ese día por un empeoramiento súbito del viento, por lo que la devolvimos con cuidado a su estanque y nos despedíamos de ella, o él, que nunca se sabe con los subadultos.
Ya a media tarde procedimos sin mucha gana a recoger un poco nuestras pertenencias y hacer un poco la maleta. Sacamos la ropa limpia que nos pudiera quedar y nos arreglamos un poco, dispuestos a buscar un buen lugar en la ciudad que nos permitiera recordar y hablar una vez más de todas las cosas que habíamos vivido los días anteriores, mientras brindábamos con una buena copa de vino y disfrutábamos de los últimos momentos de la aventura que estábamos viviendo. Alegres, aunque un poco tristes al tiempo, acabamos por regresar a nuestro refugio en la sede de ANSE para dormir en compañía por ultima vez, echando de menos, por lo menos yo, lo acogedor del camarote de madera del Else, aún con todo su desorden. Me arrellané en mi saco, casi deseando mientras me deslizaba hacia el sueño, que el día siguiente fuera de nuevo el primero de la campaña, y poder disfrutar de más días de la tranquilidad y la soledad del mar, de sus amplios horizontes y de sus tonos de azul. Y así, escuchando las olas, pese a estar lejos del puerto, al final, me dormí.

P.D.: Durante el tiempo que estuvimos trajinando con “Churri”, no pude dejar de sentirme como hipnotizado por la tristeza de sus ojos. Se lo hice notar a Pedro, y éste me explicó de la capacidad de sufrimiento de estos animales tan bellos, capaces de sobrevivir seis meses sin alimentarse por tener en el estomago un anzuelo de palangre desgarrándoles las entrañas, o de sufrir durante semanas enganchados en estas horribles artes de pesca antes de que lleguen los pescadores y terminen de darles muerte. Evidentemente, nuestra tortuga estaba recibiendo todos los cuidados que un quelonio de sus características puede desear, pero aún así, sus ojos me hablaban tal vez de una tristeza que se remontaba a los más de 200 millones de años que llevan habitando este mundo. Si el dibujo que acompaña estas letras no la refleja, es enteramente culpa de la mediocridad del artista, pero no pude dejar de intentarlo.