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miércoles, noviembre 24, 2004

Las tribulaciones de un naturalista de agua dulce en alta mar I

Día 1: No, si yo no me mareo...(23-XI-2004)


¿Os suena eso de famosas últimas palabras? Yo firmaría por añadir a las que acompañan al título de este post.


El día empezó ya de forma inusual, con la alarma de relincho de caballo de una de mis compañeras de navegación, a las siete menos cuarto de la mañana, resonando en el pequeño camarote del Else, velero de dos palos de madera que es el orgullo de la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE). Tras un lavado de cara rápido y un desayuno a base de cafeína y más cafeína y un amable ofrecimiento, estúpidamente rechazado, de Biodramina (vease el título), procedimos a obedecer prontamente las órdenes de nuestro capitán de fragata particular, con más entusiasmo que atino viendo la cara que ponía el pobre, para poder desatracar y hacernos a la mar. Ya durante las diversas maniobras, y dentro del mismo puerto, a pesar del frío y del sopor, pude empezar a atisbar retazos de naturaleza que, siendo yo de tierra adentro, me resultaba casi desconocida. Para empezar estaban las gaviotas, que las había a decenas, centenas, miles de ellas, en las farolas, en las grúas, en los mástiles de los barcos... por todas partes Gaviota patiamarilla (Larus cachinans), la rata con alas de las ciudades portuarias, bicharranco enorme y blanco de alas grises y pico amarillo y rojo y mirada carroñera. Pero también las había más estilizadas y de hábitos más sanos, como una Gaviota reidora (Larus ridibundus), que se zambullía con gracia en el agua, con su plumaje blanco invernal, o un gracioso Charrán común (Sterna hirundo), que con su cola ahorquillada parecía una Golondrina blanca con caperuzón negro cerniéndose sobre una posible presa para después lanzarse sobre ella desde más de diez metros. Visto lo visto sin salir del puerto, no podía más que frotarme las manos ante lo que estaba seguro que me esperaba ya en alta mar.

Una vez enfilada la dársena de Escombreras, nos encontramos de pronto con la consecuencia física de un mar de fondo de medio metro o más y un viento de fuerza tres, esto es, que el barco se mueve mucho, y nosotros en la cubierta, más. Pero sin más consecuencia que la de ir bailando de un lado a otro procedimos a ocupar nuestros puestos de observación para empezar con lo que realmente nos había llevado al mar, el avistamiento de cetáceos. Mientras estos no aparecían, nos podíamos entretener con las maravillosas vistas de las montañas litorales que forman parte del Parque Regional de Calblanque, precipitándose en abruptos acantilados en el mar o en suaves calas de arena amarilla dorado, mientras veíamos pasar a las aves marinas y nos entreteníamos identificándolas, cansándonos de ver pasar a las patiamarillas, pero sorprendiéndonos ante la envergadura de alas enorme de los Alcatraces (Morus bossanus), blancos completamente excepto el bonito cuello amarillo limón y las puntas de las primarias negras, o ante el vuelo a ras de ola de la Pardela cenicienta (Calonectris diomedea).
Mientras todo esto se sucedía, las estrellas del espectáculo se mostraban reacios a aparecer, y los turnos de observación y toma de datos se sucedían, hasta que me llegó el turno de enfrentarme con el ordenador e introducir las distintas variables que se recogían. En ese momento, mientras enfocaba la pantalla, mi estomago cobró conciencia de lo que es la mar de fondo y decidió dejarme fuera de combate por KO durante unos diez minutos, aunque afortunadamente no perdí el control sobre el mismo. Ya repuesto y dispuesto a no dejarme vencer por una estúpida maquina (ni a hundirme por las risas por lo bajo de Carlos, nuestro capitán), proseguí con mis turnos mientras el resto, quien más quien menos combatía el baile y el frío con breves siestas en sus momentos de deascanso. Y fue a coincidir un instante en el que solamente estábamos Susana, una compañera, y yo en los puestos de observación, cuando una aleta surgió frente a la proa del barco, para seguir nuestra estela durante apenas veinte segundos antes de perderse por babor, lo bastante para poder ver con embeleso a un Delfín listado (Stenella coeruloalba), de no más de metro y medio, gris oscuro en el dorso y gris clarito en los flancos, adelantándonos sin esfuerzo y maniobrando con un facilidad insultante apenas a diez centímetros de profundidad. Ni que decir tiene que el resto seguro que todavía no nos cree, pero me imagino que es un pelín de envidia por que ya ese día no veríamos más delfines. El resto de la mañana y de la tarde se pasó en una sucesión de turnos de observación y descansos para recuperar un poco la compostura cuando el mareo te vencía, para poder así disfrutar del placer de navegar hasta Cabo de Palos y rozar las Islas Hormigas y verlas cubiertas de gaviotas, pardelas y demás. Terminamos la jornada con la entrada en el puerto de Cabo de Palos, mientras su faro se incendiaba con la luz del atardecer, avance de la que por la noche brilla en él como guía frente a las rocosas costas de esa zona. Pisar tierra fue toda una experiencia, así como el comprobar que todo sigue moviéndose a pesar del suelo firme y que hasta para ir al lavabo tenía que hacer equilibrios.

En fin, mientras me dormía en el camarote de nuestro velero, pensaba sobre todo en dos cosas: en las ganas que tenía de ver más cetáceos después de nuestro breve pero maravilloso encuentro con uno, y en tomarme una buena Biodramina antes de hacerme a la mar.

José Luis

2 Comentarios:

At 4:25 p. m., Anonymous Anónimo said...

Si es que estos huertanicos...... en cuanto los sacas de la bañera a la que llaman Segura....¡¿?

Por cierto, vaya fotos! Y pa eso vas luego a Talleres de fotografía???? Anda recuerda la regla de los cuartos y lo de las llamaradas de luz

 
At 4:59 p. m., Blogger mmp said...

jejejej, no hagas caso, que a algunos la envidia les corroe ;-P
por ejemplo a mi, salvo por el mareo. Ahora, que cierta satisfacción sí me da ver que te has mareao un poquillo, tanta chulería...deberías haberte echado una foto, para verte verde y con la cabeza asomando por la borda :D

 

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