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lunes, noviembre 29, 2004

Las tribulaciones de un naturalista de agua dulce en alta mar IV

Día 4: ¡Que alguien eche de una vez a esos delfines! (26-XI-2004)

Con el alma todavía sin enganchar al cuerpo tras haberme acostado pasada la una de la mañana la noche anterior, y tras un día en el que se me juntaron los turnos de cocina y de limpieza, a las siete y media de la mañana luchaba para no caerme por la borda del Else mientras el café con colacao se me enfriaba entre las manos. El día anterior había sido realmente duro y emocionante con más de 100 delfines de tres especies distintas avistados, y la resaca de esa actividad se adivinaba en la cara de casi todos. Incluso Toño, nuestro coordinador científico, hasta entonces implacable en los horarios, rezaba para que hubiera una tormenta que nos obligara a permanecer en puerto y poder dormir así unas horas más. Tan solo Carlos permanecía impasible, dirigiendo a su precaria tripulación de marineros de agua dulce con mano segura y algún par de gruñidos velados de esos que te prometen un viaje rápido por la borda al agua para espabilarse en el caso de que la cagues a la hora de hacer un cabestrinque (nudo marinero).
De todas formas el tiempo en esta parte del mundo es así de especial, y en puertas del invierno, mientras que a un par de cientos de kilómetros al Norte o en el Estrecho tienen los barcos amarrados, aquí puedes navegar de forma más o menos plácida durante casi todo el año, y así, indiferente a nuestro cansancio, el Sol se alzó, disipando las brumas matinales, y el viento no pasó de fuerza tres, lo que nos hacía bailar un poco, pero no lo bastante como para no poder realizar observaciones de cetáceos.
Y así, escoltados por grupos de Gaviotas patiamarillas y reidoras, abandonamos el puerto en busca de nuestros delfines. Al poco de salir de la protección de la dársena de Escombreras, pudimos ver volando a una de las aves más curiosas que he podido avistar hasta ahora, y no por su colorido o por su canto. Se trataba de un Págalo grande (Stercorarius skua), ave con un perfil similar a una gaviota grande de color pardo marrón moteado por todo el cuerpo, excepto por una mancha blanca en cada ala muy visible cuando vuela, no siendo un animal extraordinariamente atractivo. Lo que me llama la atención de este invernante en nuestra Región es que es una ave pirata. Me explico, piratea a otras aves marinas su comida, obligándoles a que suelten lo que han pescado y atrapándolo luego al vuelo, pudiendo llegar a ser tan agobiante que consigue hacer desembuchar los peces recién tragados. Un auténtico corsario con alas.
De todas formas, poco tiempo pudimos dedicar a faenas ornitológicas antes de tropezarnos con nuestro primer avistamiento de cetáceos, un grupo bastante esquivo de Calderones grises que no se mostraron muy contentos con nuestra presencia, por lo que poco pudimos admirarlos. Y lo mismo nos pasó más adelante con un grupillo de cuatro Delfines listados.
Aún así, la cosa parecía estar poniéndose tan activa como el día anterior, cuando a las 11:25 tuvimos nuestro tercer contacto con dos listados más, muy breve también.
Pero cuando la cosa se puso interesante de verdad fue apenas una hora después, cuando encontramos a nueve listados que en cuanto nos vieron se lanzaron locos de contento a nuestra proa, a aprovecharse del empuje de nuestra goleta, cruzándose entre ellos, rozándose y girándose para mirar hacia arriba de vez en cuando, mostrándonos el flanco listado y unos ojos curiosos y risueños. Tanto yo como María, Patricia y Susana, los voluntarios de la expedición proferíamos exclamaciones de contento y de admiración, aprovechando para fotografiar a tan increíbles animales y poder ver como subían a respirar y competían entre ellos, pero Amaya necesitaba datos de comportamiento de Delfín listado para su tesis, y no los podía conseguir si estaban todos bajo la proa haciendo el tonto y pidiendo a gritos que los llevaran a un delfinario por las monerías que estaban haciendo. Por lo tanto le pedíamos a Carlos que parara el motor de cuando en cuando para ver si así les daba por comportarse como Dios manda, pero ni por esas, ya que se quedaban esperando al lado de la proa a que el barco se pusiera de nuevo en marcha para seguir haciendo de las suyas. Y así se tiraron más de quince minutos, mientras Amaya ya exclamaba desesperada la frase que da título a este post. Por fin, en un rapto de sentido común, los traviesos delfines decidieron abandonarnos, no sin un pelín de tristeza por no querer seguir jugando con ellos, estoy seguro, pero así Amaya pudo tomar sus datos de duración de inmersión y cosas así.
Como quiera que el viento tiraba un poquito y el mar empezaba a rizarse, la observación se fue haciendo cada vez más dificultosa, y ese día ya no vimos ningún grupo más. Pero aprovechando esa coyuntura, Toño decidió darnos un momento de descanso, y dárselo a él claro, y paramos un rato después de comer en una calita a la altura de Portman para que esta gente loca del Norte (María, Susana y Toño) se dieran un baño rápido en un agua que estaba a doce grados de temperatura. Ni que decir tiene que daba frío verlos, y también un poco de envidia de los que no se habían llevado bañador claro.
Y tras alejarnos de Portman y su desastrosa bahía, afectada por la segunda catástrofe ecológica más importante de Europa después de Chernobil, entre cientos de gaviotas que se alimentaban en las contaminantes y horribles granjas de engorde de Atún rojo que hay por la zona, pusimos rumbo a Cartagena, a guarecernos del viento en su puerto y a reponer fuerzas para poder hacernos un día más a la mar y disfrutar de las maravillas con las que día a día no estaba sorprendiendo.

José Luis

1 Comentarios:

At 12:24 a. m., Blogger mmp said...

jerps, más vale tarde que nunca. Aquí está tu post, perdón por el retraso
:D

 

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