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Información y Opinión para la Era Ambiental

miércoles, diciembre 01, 2004

Las tribulaciones de un naturalista de agua dulce en alta mar VI

Día 6: Rumbo a la Ciudad de las Águilas (28-XI-2004)

Maldiciendo en varias lenguas diferentes, nos levantamos como pudimos tras experimentar como es la zona de marcha portuaria de Cartagena, y no por que nos fuéramos de parranda, no, sino por que los baretos y discotecas distan de nuestro fiel bajel apenas veinte metros. Tras el inusual encuentro pasadas las dos de la mañana relatado en el día de ayer, todavía sobre las cuatro tuvimos que echar a un cierto número de intrusos que confundidos por el alcohol habían logrado subirse al barco, evitando las cuerdas que amarró Carlos por la borda con la fútil esperanza de que alguno perdiera los dientes en el intento. Tras comprobar que no fue así, y después de haber insuflado algo de vida a nuestros cuerpos con un lavado de cara con agua fría y el obligado café, soltamos amarras y enfilamos a un mar abierto brillante por el Sol de la mañana, pero un poco removido gracias a vientos de fuerza dos y tres.
El cansancio acumulado y el vaivén del barco combinados consiguieron que la mayor parte de mi tiempo libre entre observaciones buscara un rayo de Sol confortable sobre la cubierta a resguardo del viento para poder echar una cabezadita reparadora, dejando que mi cabeza vagara sobre el bello paisaje que se ofrecía ante mis ojos. El rumbo que tomamos nos conducía siguiendo la línea de costa hacia el Sur, a cierta distancia de la costa primero, pasando por las aguas de Puerto de Mazarrón tras doblar Cabo Tiñoso y pasar la Azohía, para alcanzar después el majestuoso Cabo Cope, con Puntas de Calnegre. El paisaje era sobrecogedor, con montañas litorales que en el caso de Cabo Tiñoso se desplomaban en acantilados de más de cincuenta metros directamente a un mar que se hundía setenta metros más hacia las profundidades, o que descendían con suavidad en planicies litorales de color pardo que llegaban al mar. Los colores del otoño podían llevar un poco a la melancolía, pues la mayor parte de la vegetación, gramíneas como el Esparto (Stipa tenacissima) o el iberoafricanismo Hyparrhenia sinaica, se encontraban secas, viéndose de vez en cuando las salpicaduras de verde provocadas por la única palmera autóctona europea, el Palmito (Chamaerops humilis) y otros arbustos, únicas plantas de porte grande en una zona donde no suele llover más de 200 mm de lluvia anuales y es la más seca de Europa, con más de 300 días de Sol al año. Es un paisaje sumamente hermoso, y más contrastado con el azul del mar. Aún así, la melancolía acabó por convertirse en tristeza y en un cierto resquemor de amargura y rabia, pues la mayor parte de lo que estaba viendo era ya suelo calificado como urbanizable en las supuestamente sostenibles directrices de ordenación del litoral de la Región de Murcia, que planeaban cambiar la soledad y la casi completa virginidad de dichas costas en lugar de veraneo para unos ochenta mil turistas más solo en la planicie de Puntas de Calnegre, contratando, eso sí, a los hijos de nuestra tierra como camareros y conductores de cochecitos de golf. Y cambiar los tonos pardos de esa tierra que vive y respira y reverdece a la más mínima lluvia con plantas que son joyas botánicas por su rareza y hermosura efímera, aunque solo fuera por un mes o dos a lo largo del año, por el estéril verde de los campos de golf, deporte estúpido y snob, practicado por aquellos con una necesidad de estatus directamente proporcional a su idiotez o inconsciencia.
Mi humor no mejoraba mucho al tropezarnos, por ejemplo, con un ejemplar joven de Alcatraz que arrastraba tras de si un sedal enganchado a su pico, o por lo menos eso esperaba yo, pues entonces tendría posibilidades de sobrevivir si el hierro se oxidaba y terminaba cayendo, por que si lo tenía en el buche, el pobre no viviría para cambiar su plumaje gris moteado por el majestuoso blanco del adulto.
A pesar de todas esas reflexiones tristes, pude ver mi primer Alca común (Alca torda), una especie parecida a un pingüino volador rechonchete, negro por el dorso y blanco en el vientre, que aleteaba con afán a ras de agua, o un Alcatraz adulto flotando en el mar que, de lo empachado que estaba de comer no podía ni alzar el vuelo, y que ponía cara de histerismo en cuanto pudo comprobar que nuestro barco le pasaría a menos de cuatro metros. Parece mentira lo expresivo que puede llegar a ser un pájaro, y más este, que es un poco tonto, como así denota el que en Sudamérica se le conozca como Pájaro bobo. A lo lejos, poco antes de llegar a nuestro destino, también pudimos ver la silueta como de paraguas volante de dos pollos de Flamenco (Phoenicopterus ruber), que volaban desgarbados, de un color pardo, pues todavía no habían adquirido los magníficos tonos rosados de su plumaje adulto.
En cuanto a nuestros amigos los delfines, tal vez se hicieran eco de mi sentir, pues durante la mañana vimos pocos, cuatro Delfines listados que apenas se entretuvieron con nosotros y un Calderón gris blanqueado por las numerosas cicatrices de su cuerpo. Ya por la tarde, el mar se calmó casi completamente, y se convirtió en una balsa de aceite más típica de los meses de verano que de pleno mes de Diciembre, que llamaba al baño de forma poderosa, e incapaces de resistirse a ese canto de sirena, mis compañeros se lanzaron al mar, con la excepción de Pedro, el capitán y la mía, que como indígenas de esta tierra supimos guardar las formas y no sucumbir a la tentación de darse un baño en Diciembre, con el agua a doce grados de temperatura. De todas formas, tampoco tenía muchas ganas, pues aún andaba sumido en mis pensamientos.
Para cerrar el día, ya con la otrora orgullosa fortaleza de San Juan de las Águilas a la vista guardando la Ciudad de las Águilas, pudimos contemplar con asombro como en dirección contraria a la nuestra, marchaban en larga caravana cerca de cien Delfines listados, que, sin ánimo para juegos, se me antojaban como refugiados de alguna guerra que daban la espalda a su tierra para buscar refugio en otros lugares, o en este caso, mares más tranquilos, ante la perspectiva que le esperaba a su hogar.
Y por fin atracamos en el puerto, que, dicen, fundó el bravo Eneas, hijo de Afrodita, al ver las numerosas águilas que volaban en su bahía y que todavía hoy perviven en las sierras de los alrededores, en su largo viaje que le llevó desde la huida de la destrucción de Troya hasta la fundación de una nueva patria en Italia, que con el tiempo se convertiría en la grandiosa Roma. Y acordándome de lo visto hoy, y pensando en lo que antes hubo en esta tierra, y lo que perderemos en un futuro próximo, desembarqué con mis compañeros en busca de un sitio donde poder tomar una cerveza y poder mandar a tomar viento al resto del mundo.


Jose Luis

1 Comentarios:

At 1:13 a. m., Blogger mmp said...

Sigh...me ha encantado lo que has escrito y cómo lo has escrito :)
Qué bonita es Águilas desde el mar, verdad?
No vamos a permitir que nos quiten tanta belleza

 

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