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Información y Opinión para la Era Ambiental

jueves, diciembre 02, 2004

Las tribulaciones de un naturalista de agua dulce en alta mar VIIe´n

Día 7: Sopa de tortuga (29-XI-2004)

Acompañados por el jolgorio y las risas características de la Gaviota reidora, la más abundante en el puerto de Águilas, dábamos buena cuenta de los cereales y magdalenas con chocolate de nuestro desayuno habitual en cubierta, mientras que el horizonte alboreaba con la luz de un día al que nos habíamos adelantado en nuestro madrugar. Satisfechos, nos preparamos a ayudar en la maniobra de desatraque, intentando estorbar lo menos posible mientras Carlos y Pedro, que se encuentra en prácticas para poder ser el también patrón de barco, nos dirigían con mano segura entre las dársenas del puerto rumbo a la bocana y a mar abierto. La mañana era fresca, pero sin gota de viento, y el agua estaba tan lisa como cuando llegamos la noche anterior, un espejo en el que se reflejaban los grises, rosados y dorados de un amanecer que no se concretaba por culpa de unas pocas nubes.

La sensación general era de amodorramiento, aunque ya estábamos repartidos en nuestros puestos y Pedro subido a la cofa, y, silenciosos, veíamos como quedaban atrás Águilas con su fortaleza y sus playas, la Punta de la Aguilica y la Isla del Fraile. El único ruido era el del motor del Else y el suave deslizar por el agua sin olas, por lo que cuando Pedro gritó: "¡Tortuga a estribor!" Casi me caigo a la cubierta del susto. Y era cierto, a estribor asomaba una leve ondulación en el agua, que Pedro había identificado como una tortuga, y allí estaba, una Tortuga boba (Caretta caretta) totalmente adormilada por lo temprano de la hora y el escaso calor del Sol que había recibido, levantando con pereza de vez en cuando una aleta o la cabeza. Entonces nos sacudimos los restos de sueño y empezó el movimiento en el barco, pues Pedro tomó la decisión de intentar capturarla para poder medirla y ponerle un radioemisor para hacerle un seguimiento por satélite, así que Carlos viró lentamente para situarse a su altura sin asustarla, mientras Pedro corría a ponerse el traje de neopreno. En dos minutos estaba todo listo, con Pedro encaramado a la borda del barco listo para saltar al agua y nosotros preparados para echarle una mano. Cuando nos pusimos a la altura del quelonio, ejecutó un salto digno de Batman, cayendo limpiamente encima del pobre animal, que debió de llevarse un susto impresionante al verse atacada por semejante tipo con la melena al viento. Evidentemente opuso resistencia, y una Tortuga boba de casi treinta kilos de peso puede ofrecer mucha, desde una capacidad natatoria y buceadora impresionante, hasta una boca armada por un potente pico que es capaz de hacer mucho daño si conecta bien. A la escala se tuvo que venir el fornido capitán, para que, agarrado por las piernas por nosotros, asomarse por la borda para izar semejante trasto a bordo, donde su humor no mejoró demasiado, bufando con furia y golpeando con sus grandes aletas. Rápidamente le cubrimos los ojos con una toalla, y haciendo honor a su nombre, la pobre se quedó totalmente ausente, facilitándonos la tarea de tomarle las medidas y rellenar una hoja con sus datos, mientras que le preparábamos un rinconcito en proa donde poder hacer con tranquilidad y sin alarmarse demasiado el trayecto hasta Cartagena, donde procederíamos al día siguiente a colocarle el radioemisor. El resto del día, aunque permanecía atento a todo lo que pudiéramos ver, a menudo se me desviaba la vista donde reposaba nuestro pasajero forzoso, con una toalla empapada cubriendo sus ojos negros y tristes, admirando el dibujo de su duro caparazón, o posando mi mano en la escamosa piel de sus aletas o de su cuello, sorprendiéndome siempre por lo frío de su tacto, tan distinto al nuestro o al de los animales de sangre caliente que estamos acostumbrados a tocar.
Aunque indudablemente aquel fue el acontecimiento del día, sucedió temprano, por lo que todavía nos quedaban cosas por ver. Como por ejemplo cuando bordeamos las instalaciones de una granja de engorde cerca de Águilas, que, debido a su proximidad a la costa, contaba entre sus visitantes habituales, además de a las inevitables Gaviotas patiamarillas, a unos cuantos Cormoranes moñudos, completamente negros, que estiraban sus alas al Sol para secarlas más rápidamente, en plan pterodáctilos emplumados, a un par de Garzas reales (Ardea cinerea), zancuda elegantísima de tonalidades gris azuladas con un pico amarillo fuerte y largo como una daga, y varios ejemplares de Garceta común (Egretta garzetta), prima de menor tamaño que la anterior, pero de un plumaje blanco níveo, contrastando con el pico y las patas negras.
El rumbo que llevábamos nos llevó a navegar relativamente cerca de tierra, en caso de poder realizar algún avistamiento de Delfín mular (Tursiops truncatus), la especie más conocida de delfín, pues es la preferida para recluir y explotar en los delfinarios. De hábitos bastante más costeros que las otras especies que he comentado en días anteriores, por lo que, si bien no tuvimos suerte a la hora de encontrar a dichos cetáceos, nos sirvió para tener una visión más cercana a la costa de la que habíamos tenido hasta ahora, pudiendo admirar todo ese tramo de costa virgen, probablemente el último que queda en el Mediterráneo occidental en tan buen estado, si exceptuamos a Cabo de Gata.
Así el día transcurría placidamente, sin muchos sobresaltos, pues solo encontramos un grupo de Delfines listados, que, eso si, se empeñaron en llamar nuestra atención con todo un repertorio de piruetas, desde el salto normal y corriente al planchazo de espaldas, mientras nos hacían compañía, enganchados a nuestra proa, y charlando animadamente con sus clicks y sus silbidos, que nos fue posible escuchar gracias a que Toño consiguió poner en marcha el hidrófobo del que disponíamos. Resultaba emocionante ver sus aletas a poca distancia en nuestro costado mientras intentábamos adivinar que cosas eran las que tenían que decirse estos verdaderos acróbatas del mar.
Ya al final del día, el capitán decidió lucirse y pegó al barco a los acantilados de Cabo Tiñoso, para despedir el día viéndolos caer a pico hacia el mar mientras el Sol los enrojecía y los teñía de oro viejo conforme se hundía en horizonte, molestando con nuestro paso a las numerosas gaviotas que descansaban en las rocas, graznando su mosqueo mientras nosotros reíamos y nos fascinábamos de ver los dibujos en las rocas y el contraste del rojo que les daba la luz crepuscular con el profundo azul zafiro del mar.

Por, fin, tras bordear Cabo Tiñoso y esconderse el Sol, enfilamos al puerto de Cartagena, cansados y satisfechos, con un huésped al que tendríamos que acondicionar a pesar de nuestro cansancio, pero contentos de hacerlo, ya que todo ello suponía ayudar al conocimiento de todo aquello que veíamos y que nos deslumbraba día a día.

Jose Luis

1 Comentarios:

At 2:58 a. m., Anonymous Anónimo said...

esa roca parece un pipi

 

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